Foto: Nikole Castillo

Escribe: Franco Sánchez Rodríguez

Leodan Pezo (60 kg) nació en Contamana, Ucayali, y desde los 15 años reside en Lima. Acá hizo su vida prácticamente solo, tal como llegó. Por un tiempo vivió con un familiar, pero decidió abrirse camino para buscar nuevos horizontes y alquiló un cuarto en Villa El Salvador. Hoy, después de ganar la medalla de bronce en los Juegos Panamericanos Lima 2019, es uno de los más aclamados y muchos ponen sus esperanzas en él para escribir una página llena de triunfos en el boxeo peruano.

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“Vine de paseo, llegué acá y empecé a trabajar. Como no lo vi muy difícil me quedé”. Pezo, siendo aún muy joven, no escatimó esfuerzos y laboró en lo que fuese necesario. Carpintero, pintor, obrero, son algunas de las profesiones que ha sabido desempeñar. Gracias a ellas pudo culminar el colegio. Quiso estudiar una carrera, pero por cosas del destino no se le dio. Fueran esas mismas situaciones la que lo llevaron a encontrarse con el boxeo.

Debido al tiempo libre que tenía por las tardes, Leodan conoció el Club Boxing ‘Armando’ Cuna de los Grandes Boxeadores del Perú, que le pertenece al mismísimo Armando Echegaray, actual entrenador de la selección peruana absoluta, y a quien él considera como su segundo padre. En esa, su alma mater, se formó y dio sus primeros golpes.

Los meses fueron pasando y con una gran derecha se ganó el respeto de todos y una convocatoria al equipo nacional que tardó en aceptar, ya que para ese momento contaba con dos pequeñas personas que lo necesitaban casi al cien por ciento: sus hijos. “Ganaba campeonatos nacionales, me convocaban a la selección y decía que no podía, porque tengo mi familia y no había apoyo. Seguía entrenando en mi club tres veces a la semana o dos veces. Solo cuando había torneos pedía permisos en mi trabajo, competía, ganaba y me volvían a convocar”.

Foto: Nikole Castillo

 

Situaciones como la falta de dinero para una adecuada preparación, o para poder subsistir con el deporte, lo influenciaron para que tomase la decisión de colgar los guantes. “En el 2015, faltando un mes para los Prepanamericanos, me incorporé. Estaba entrenando en el club del profe (Armando Echegaray), me llamaron y me dijeron para participar en este certamen. Recuerdo que recién tenía ocho meses. Acepté y competí. Gané una pelea y perdí la siguiente por puntos; luego regresamos a Lima, como no había ayuda decidí alejarme. Volví a fines del 2017”.

“El boxeo no lo puedes dejar, te distancias y después te llama. Recuerdo que un amigo me invitó para luchar por un cinturón, peleé, gané y me encontré con el profe. No lo veía porque yo trabajaba. Conversamos, regresé a entrenar a su club y después volví a la selección”. Pasado ese período Leodan retornó recargado. Perteneció a la delegación peruana que viajó a los Juegos Bolivarianos del 2017 y a los Juegos Suramericanos del 2018. En el primer certamen no logró medalla alguna, pero en el segundo sí. Tal como en Lima 2019, Pezo alcanzó en Cochabamba el disco de bronce.

JUEGOS PANAMERICANOS LIMA 2019

Quizás estamos hablando del certamen que marcó su vida. Previo al inicio de los Juegos Panamericanos Lima 2019, el Estado reglamentó la Ley que premia a los deportistas medallistas con una vivienda en la Villa Panamericana, norma que fue impulsada por la congresista Leyla Chihuán.

Como se mencionó párrafos arriba, Leodan Pezo se ha ganado la vida con sacrificio y mucha entrega, la misma que demuestra cuando se sube al ring. Se mudó de Villa El Salvador a Villa María del Triunfo, a la casa de la madre de su pareja, para darle una mayor comodidad y tranquilidad a sus hijos porque él iba a estar de viaje con la selección. Con el poco dinero que tenía hizo un cuarto de madera en el segundo piso. Ahora, después de derrotar en los cuartos de final al panameño Orlando Martínez y de caer en semifinales contra el cubano Lázaro Martínez, cumplió un gran sueño.

Foto: Nikole Castillo

 

“Siempre quise tener una casita propia, un hogar para mi familia, para mí. Toda la vida soñé con eso. Desde que viene a Lima pensé en conseguirlo y estoy muy contento de haberlo logrado. Ya que no tuve el oro al menos la casa para mis hijos. Le prometí a mi hija que llegaría al podio con la medalla dorada, pero no se pudo; sin embargo, regreso con un hogar, con una casita para ella”.

La alegría que comparte con su familia no es completa. Si bien tiene a sus hijos al lado, su mamá vive en Pucallpa y su papá se quedó en Contamana. Conversa con la mujer que le dio la vida, quien está muy contenta por lo que está alcanzando, pero no tiene la misma oportunidad con su padre. El hombre que lo vio dar sus primeros pasos está distanciado en su tierra y en sus quehaceres, alejado de lo abrumadora que puede ser la tecnología.

“Hace mucho tiempo que no puedo comunicarme con mi papá por motivos que él está allá, lejos en la chacra. Si tuviera la oportunidad de verlo le agradecería por todo lo que hizo conmigo hasta los 15 años. Ya yo después decidí mi vida”, finalizó.